19 nov. 2012

Hormiga

Fábula perversa (y necesaria) sobre la involución



VOLVÍAN A CASA EN COCHE. El interior olía al tabaco de su padre. El partido les había ido bien y estaba satisfecha. El semáforo se puso en rojo. No recuerda cómo surgió el tema, pero las palabras salieron a la desesperada, sin avisar, y se quedaron suspendidas allí, aun estando las ventanillas bajadas.

 


--Si yo tuviera un equipo no contaría contigo. No te enfades. Hija mía, no eres brillante. Eres como una hormiga. Vas a tener que trabajar mucho y muy duro para llegar hasta donde los demás llegan sin mayores esfuerzos. Hazte a la idea de que lo tuyo no va a ser destacar.

El daño estaba hecho y, aunque no era aún consciente, aquellas palabras habían empezado a dejar un poso y a erosionar lo mejor de ella. Mientras su padre las pronunciaba, formaron una cadena, cerrándose alrededor de su cuello, su corazón y su cabeza, oprimiéndola y sin dejar pasar el aire. Ni siquiera la miró mientras las decía. La chavala caía a la lona derrotada por K.O., sin poder siquiera reaccionar. Sólo llegó a ponerse roja de impotencia.

Así fue como, sin opciones, la chica se convirtió en una hormiga y su padre pasó de héroe a cretino.


Primero la hormiga debió acostumbrarse a sus nuevas cualidades. A partir de aquel momento, todo se volvió muy complejo. Pero como todo iba a ser muy lento y muy difícil empezó su periplo como insecto arrastrando muchas inseguridades. Por ejemplo, las hormigas pueden levantar hasta 50 veces su peso, ¿podría ella? Las cosas más simples se producían a cámara lenta. Y si el resultado de lo que probaba no era positivo, lo experimentaba como auténticas batallas perdidas con vergüenza. Llegó a la conclusión de que no sólo le había tocado ser una hormiga insignificante, sino que además le había tocado ser una poco espavilada. Era muy frustrante no poder evitar sentirse una hormiga y transmitir esa idea a los demás. Y además, en plena adolescencia. En algunas ocasiones le apetecía abandonarse y dejarse morir. Era una hormiga que se sentía cómoda con un tono de la vida muy afectado y trágico. Era una forma de vivir la vida agotadora e inútil para sacar enseñanzas.

El otro problema que se presentó fue que la relación entre la hormiga y el cretino se recrudeció, no porque hubieran dejado de quererse, sino porque, como todo el mundo sabe, las hormigas y los cretinos usan un lenguaje y una lógica ininteligibles el uno para el otro. Era duro ver cómo cada palabra, cada acción o cada gesto era interpretado como un ataque. La hormiga pensaba que el cretino cualquier día la aplastaría con su meñique. El cretino pensaba que la hormiga aprovecharía un momento de relajación, se metería en su cabeza y le haría enloquecer. No podían permitirse flaquear. Y tampoco podían mostrar que estaban en plena lucha, porque era una muestra de debilidad hacer pensar al otro lo importante que era. Las luchas, por lo tanto, se producían en silencio y de vez en cuando se enseñaban las fauces. Era el único momento que quienes les rodeaban podían ver cómo se estaban desarrollando los acontecimientos. La preocupación de sus seres queridos era un daño colateral que podían permitirse, según ellos. Vivían única y exclusivamente para fastidiarse y hacerse daño.

La redención de ambos llegó años después, un día en que la hormiga se había dado la vuelta y no podía incorporarse. Se estaba ahogando. El cretino pudo leer la angustia en el rostro de la hormiga y comprobó que la entendía. Y pensó que, a lo mejor, ella también podría llegar a entenderle porque, en el fondo, no eran tan diferentes. Se miraron fijamente a los ojos -algo tan simple que no había ocurrido nunca en años- y observaron con pena lo mucho que se habían desgastado mútuamente, por obstinarse a pensar que no podrían jamás llegar a comprenderse y que siempre acabarían haciéndose daño. Todo aquello había durado demasiado y resultaba absurdo.
  Y todo porque no se habían perdonado lo que ocurrió aquel día en el coche con el semáforo en rojo.Porque la chica asumió sin oponer resistencia pasar a ser una hormiga. Y se odió por ello y proyectó esa rabia en su padre para hacerlo más llevadero. Porque el héroe no pudo soportar haber herido a su hija y decidió castigarse y pasar a ser un cretino el resto de su vida. Porque era más fácil vivir en silencio y defraudándose que asumir que se habían equivocado. Que la chica jamás pasó a ser una hormiga y que el héroe no llegó a convertirse en un cretino. Que en realidad, eran un hombre bueno y una hija adolescente haciéndose adulta que se querían tanto que les pesaba como una losa decepcionarse el uno al otro, porque se habían puesto el listón muy alto. Que habían sido demasiado orgullosos para admitir lo bueno y lo malo de todo aquello y de ellos mismos.

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