9 nov. 2012

Las cosas sencillas

Me he hecho muy fan de desayunar en casa de mis padres, porque los despertares son plácidos. Simple y llanamente.
Lo primero de lo que soy consciente al despertar es de mis pies templaditos bajo el nórdico. Para mí es una de las mejores sensaciones que puedo tener un día corriente, porque generalmente tengo los pies, las manos y la punta de la nariz totalmente helados.


Después le sigue las mejores primeras imágenes con las que se me despeja la mente: la Lila fundida en el sofá y durmiendo plácidamente y los rayos dorados arrastrándose por el césped de los jardincitos del barrio. En ese momento, me regocija pensar lo bien y calentita que estoy ahí dentro, detrás del cristal. Me pego tanto a él que no me doy cuenta de que se me empieza a enfriar la nariz.
Lo siguiente es el olor por toda la casa de café y los gruñiditos y saltos de la cafetera. Me encanta colocar la cara justo encima de ella y aspirar hondo mientras las gafas se me empañan. El calorcito en mi rostro disfraza el frío que empieza a invadir mis pies (adoro ir descalza).
Hace unas semanas que en casa hay sobres de azúcar dedicados a jazzmen. En la cara viene la foto y el nombre del músico y en el reverso una pequeña biografía con sus discos imprescindibles. Hay más de los que conozco. Es curioso que una cosa tan pequeña y discreta me depare una agradable sorpresa a las 7'30h de la mañana y despierte en mí las ganas de saciar mi curiosidad. Estos sobres, igual que los de pintores y escritores, los considero un regalo. Es como si me invitaran al conocimiento .
Seguro que todos en algún momento que hemos compartido un café con un amigo, nos hemos fijado en nuestro sobrecito de azúcar y nos ha dado la reconfortante respuesta que necesitábamos en ese momento. Y lo hemos indultado guardándolo en nuestra cartera para que, cuando en el futuro rebuscáramos en ella y lo rescataráramos del olvido, de nuevo nos hiciera sentir la misma sensación de alivio que experimentamos la primera vez que cayó en nuestras manos. A mí me pasó con un sobrecito de Emily Dickinson que aún conservo.
No sé si es la vida de parada, pero cada vez tengo más claro que estar en paz con una misma se resume en estos pequeños detalles, y hacen que no note como mis manos contra el cristal se hielan al mismo ritmo que la realidad golpea mi conciencia desde todos los frentes posibles.


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